Marruecos: Agadir, soldados y pescadores.

El sudor es una recompensa al sufrimiento, su marcada carrera por el rostro gesticulado reconoce el esfuerzo y los surcos húmedos de su caminar nos dan alas, inmensas, más allá de lo que esperábamos de nosotros mismos.

El calor es pesado y se sujeta a los hombros, a las piernas, como un enorme gorila humeante que te abraza y se queda incrustado en tu espalda sin ninguna intención de marchar. Pero sabes que no vas a parar, no ahí, este es el momento que esperabas cuando desde la inmensa playa, acariciado por el murmullo de las olas y la suave brisa mirabas hacia arriba, hacia la fortaleza que serena, estoica, observa a la ciudad sintiéndose madre y heredera de su tiempo y su historia.

Aquella vez me propuse subir bajo el sol, a la carrera, como lo debían haber hecho los miles de soldados cristianos que atacaron una y otra vez la fortaleza, extenuados tras la subida, en el vértice de aquella montaña parece increíble que pueda ser conquistada, aunque fuera rodeada y asediada una y otra vez. Ella está inmensa en lo más alto, bella y preciosa coronando la cima. Un paso tras otro, hasta la cresta y al encuentro de sus almenas.  

  

Y el esfuerzo merecio la pena, Agadir tiene una panorámica impresionate, una de las playas más hermosas que he podido ver jamás, extensa se va curvando como una sonrisa amistosa hacia el océano tan azul, y hacia sus adentros, la pequeña ibiza marroquí se salpica con numerosas casas y edificios de estilo mediterraneo que conjugan las fachadas blancas y los alfeízares de sus ventanas en cal y madera color canela.

    

Al anochecer se ilumina la ladera: Allah, el Pueblo y el Rey. Estas son las palabras que brillan en la noche acostadas en la falda de la montaña, se erigen majestuosas y penetran nuestro ánimo al pasear por el extenso malecón de Agadir, nutridamente poblado de personajes locales, tranquilos, dispersos en sus conversaciones entremezcladas con el árabe tradicional de marruecos y el bereber.

Agadir es tranquila, muy respetuosa con los extranjeros, es serena de espíritu, muy lejos de la estresada Casablanca o la turística Marrakech. Sus avenidas paralelas a la playa son amplias y ajardinadas y reina siempre una calma agradable y sencilla. Está poblada de alemanes e ingleses, europeos en general que se mezclan en esta quietud de fachadas níveas, sin estridencias ni barullos similares a los propios de las costas españolas, se balancean en Agadir al ritmo cansino de su océano imparable, sintiéndose seguros y bien recibidos.

Algo que me impresionó realmente en Agadir y que destacaría entre todo lo demás fue su puerto, centenares de barcos de pesca se agrupan cuidadosos, con sus quillas quebrantadas por las tremendas mareas del altántico, sufridas, oxidadas y corroídas por la salitre.

Fondeadas por maromas curtidas de tiempo. Cientos en filas de a cinco y seis, abarloadas en cofradías, con sus nombres que las hacen casi inmortales a mi vista al atardecer de este espléndido lugar. Los hombres reparan las redes, los barcos duermen desde el ocaso temprano preparados para la dura faena que les espera al alba, un suave olor a pescado fresco acompaña el paseo, furtivo de la presencia de las fragatas de guerra del ejército marroquí atracadas frente a los pesqueros en la zona militar. Mientras tanto las gaviotas se dibujan dispersas en el sol de atardecer y el esbozo aperfilado de estos heroes mitológicos de acero quebrado por la furia de poseidón se deshace en el horizonte…

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~ por tequila13 en diciembre 5, 2010.

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